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Entre Quito y Caracas un pandemonium astral: crónica por Rafae Mena

Recién llegado a Quito di una caminata por el centro de la ciudad. Era domingo y las calles estaban desiertas. Sin embargo, en el trayecto desemboqué en El Ejido, un parque ubicado un poco más al norte del corazón de la urbe. 


Atardecía y las familias abandonaban los espacios públicos; pero a la vez, arribaba otro estilo de ciudadanos: los seres crepusculares, los parias sociales, los extraños, los que nadie ve bajo el brillo revelador del gran astro diurno.

La tarde quiteña en un parque se convierte en un intersticio, en el cual los niños agarrados de las manos de sus padres pasan al lado de seres travestidos, hombres y mujeres distinguidos por el manto sepia de los bazuqueros y yonquis que salen de sus madrigueras, donde se protegen del sol, de la vista de aquellos conciudadanos que los han apartado sin la violencia de las armas, pero con el miedo de las miradas, el rechazo de los aspavientos y el abandono de las espaldas que se alejan.

Un travesti enorme con semblante casi alienígena instaló sus pupilas agresivas sobre mi humanidad. Seguí adelante, como los que continúan sus caminos resueltos, con dos ojos puestos adelante y otros dos atrás, “por si las moscas”.



Pero el desasosiego de aquel día no emergió en el Parque El Ejido, sino del viaje interior hacia el Parque del Este caraqueño. ¿Por qué habría de viajar inoportunamente hacia el pasado? Es una pregunta que hasta hoy no se cierra, pero que tiene su clave en mis pesadillas. En el Parque del Este, año 2017, previo a saltar la frontera, caminaba desde Los Palos Grandes hasta Los Dos Caminos.

En la Estación Miranda del metro se da un ambiente de comerciantes informales que se apostan en las escaleras que conducen a este sistema de transporte, subterráneo en todos los sentidos. Aquella tarde, similar en hora a mi incursión quiteña, los alrededores de la estación estaban colonizados por masas de gente sin hogar, de desheredados, de exterminados en vida por la decadente tiranía venezolana.

Una mujer vendía chucherías sentada en un matero. Era a primera vista un espectro pero, si se le observaba mejor, sus facciones evocaban a una otrora joven, hermosa, seguramente nacida en un hogar pudiente del cual fue expulsada por su adicción. Sus ojos, a pesar de los rigores de la calle, persistían en un azul profundo con un lejano brillo menguante.

A pocos metros, un hombre de mediana edad con aspecto de tercera, estaba de rodillas vomitando con los pantalones por las rodillas. Bajo sus piernas había una acumulación considerable de excremento fresco. Temblaba el pobre y sudaba. No pude sino sacar dinero de mi billetera y extendérselo, pero estaba tan ido que tuve que dejar la ayuda en el piso, a su lado. Yo estaba contrariado, invadido por un sentimiento de tristeza, rabia y culpa. Pero sabía que no podía quedarme a indagar.

Caracas a las cinco de la tarde es el amanecer del verdadero pandemonium, que se extiende poco a poco a las horas más tempranas y coloniza como un cáncer la ciudad. 


Quedarme era apostar por una fatalidad, independientemente de lo preparado y dispuesto a la defensa feroz que estuviese. Antes de abandonar el lugar, eché un vistazo al panorama. Había basura en el piso y bastaba desenfocar un poco la vista para dejar de distinguir entre perros callejeros y seres humanos, todos amontonados en la salida del metro a la espera de dádivas, de sobras, de restos de comida que se le cayeran a algún transeúnte aterrorizado y, quizás, a la espera de víctimas.

Una pareja de indigentes se reía, se acicalaban entre ellos, como reafirmando sus votos de unión bajo la miseria: “en las buenas y ahora en las malas”. Era una manada compuesta por individuos incomunicados entre sí, esperando las sombras pero ya adaptados a sus dominios bajo la luz del día.

Dominios que acogen a diario a más y más seres humanos que migran de la cotidianidad de una ciudad que aún no muere, al nuevo reino, al paraíso perdido. En ese pandemonium, donde todos nos empezamos a parecer y tenemos el demonio adentro, la tarde no es roja sino que va decreciendo hasta envolvernos en un manto azul profundo, sin los magmas del averno plasmado por los pintores clásicos. Es una tarde oscura, en la cual los postes ya declarados muertos, no alumbran sino se despiden con sus bombillos quemados y rotos.

Despierto caminando hacia la casa, un autobús que pasa a toda velocidad me arranca de la evocación. Quito quiere dormir para darle paso al otro Quito de los crepúsculos, los rincones oscuros en los parques donde los insomnes se reúnen para aliviar el castigo de la vigilia, el ruido de los estómagos y el crepitar del bazuco.

No es el pandemonium caraqueño, sino un extracto lejano de la ciudad de mi pasado que alguna vez tuvo estos pequeños reductos crepusculares, pero que hoy es tiniebla pura y penumbra perenne cuando el sol despunta. Caracas es la pesadilla de “El Jardín de las Delicias” creada bajo el pincel del Bosco. Es “El Triunfo de La Muerte” de Peter Bueghel, el Viejo. Sin embargo el trópico siempre se niega a morir si escuchas, a lo lejos, el sonido inconfundible de La Sonora Ponceña.


@vosmagazine | por @RafaeMena | Edición: Cheryl Coello




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