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"Periodista soltera y pobre": crónica de elecciones en Venezuela



I
En la mesa número tres atienden a los electores cuyos terminales de cédulas son 19-20; pase, señorita, adelante. Ella ve las gotas caer de su paraguas que al cerrarlo le empapa sus zapatos deportivos morados favoritos. Gracias, oficial, muy amable. ¿Ahora me puede indicar qué camino debo tomar? Camine hasta la cancha del colegio, doble a la derecha y entre al salón que ve al frente. Ahí le da sus datos al funcionario, este le toma la huella y le especifica el lugar donde ejercerá su derecho al voto. Y pierda cuidado, échese andar, no hay mucha gente en la cola.

Ella sigue la línea azul del piso de cemento y las arquerías de fútbol la detienen. Levanta los ojos y decenas de hombres y mujeres apresuran el paso para llevar el desayuno a los presidentes de mesa, secretarios y testigos. Son las 8.00 de la mañana del 5 de diciembre en el colegio Consuelo Navas Tovar de Los Estanques, en la parroquia Manuel Dagnino.

Hay diez mesas electorales, ocho captahuellas y menos de 50 electores en la fila que, en procesos anteriores, doblaba la esquina. Es uno de los centros de votación más grandes de la jurisdicción y en los patrones electorales hay registrados 53 mil 324 mayores de edad, y yo soy la presidenta de la mesa número 1 porque quien salió seleccionado para ejercer el cargo se enfermó a última hora.

Debí comenzar el proceso hace una hora pero tuve problemas con la instalación de las máquinas. Notifiqué antes del alba a los técnicos y aún es hora que estoy en la puerta de la sala de prescolar explicándoles a los votantes los motivos por los que no he abierto la mesa.
Es que en este país nada se hace bien, dice una chica con paraguas en mano y con aretes morados que hacen juego con sus zapatos deportivos. Un viejito de no menos de 60 años, el segundo de la fila, la apoya y agrega que estos son vicios de la quinta república y no de la cuarta, como asegura el penúltimo elector, un señor de bigote y barba poblada que viene acompañado de su mujer; lo sé porque hace un par de minutos lo amenazó si se atrevía a elegir al candidato oficialista.

En eso llega el supervisor del centro de votación preguntándome por qué no comienzo el proceso, a lo que la muchedumbre, que aumentó mientras yo mantenía una acalorada conversación con los primeros en llegar, contestó que era por ineficiencia del sistema automatizado, que no estábamos preparados para enfrentar una elección tan apresurada, convocada de la noche a la mañana, y que para elegir al próximo presidente de la república bolivariana de Venezuela era necesario, al menos, una campaña electoral decente que permita conocer a los dos únicos candidatos. Yo sólo le eché la culpa al retraso del técnico.
Me regreso al pupitre a seguir esperando. Destapo mi botella de agua mineral y se regresa de mi boca sin lograr mojar los labios. Es él, ya lo vi, el chico del departamento de Sistemas y Telecomunicaciones.

Al otro del salón, la chica del paragua se queja del clima, porque a pesar de que el día comenzó lloviendo, desde hace un rato para acá el vaporón no es normal. Parecen las 12 del mediodía, le dice a una amiga que se encontró en la cola. Y pensar que caminé el doble, porque los guardias no me dejaron entrar por la puerta principal, que está al lado de la casa de mi abuela; tuve que dar la vuelta a la manzana y pasar por la avenida hasta llegar al portón trasero. Eso no es nada: estaba lloviznando”.

Todos los años es lo mismo, chama, no sé de qué te quejas; a estas alturas nada debería asombrarte. Sí, ¿pero que me hagan dar la vuelta entera? No, qué va, esas son ganas de molestar. Ajá, qué más, todo por votar. Por cierto, ¿quién es tu candidato? No te voy a decir. El voto es secreto. Será en otros países, porque en acá eso lo sabe desde el presidente de mesa hasta la señora que vende empanadas en la esquina. El proceso no es seguro, nunca lo ha sido, ni cuando se tenían que rellenar los círculos a mano; ahora con máquina menos.

Un par de señoras y un hombre que están casi al final de la fila interrumpen a las jovencitas y le preguntan sobre el inicio del proceso en la mesa número 1, que ya basta de tanta falta de respeto, que pasan de las 9.30 de la mañana y que en otras mesas la gente está caminando. Ellas no saben darles razón, y los mandan a donde está el presidente de mesa.

Ya por fin el técnico está, menos mal, ya tenía los nervios de punta. El colegio se llenó de gente, y yo con este aparato trancado. Bonito momento el que agarra para dañarse. Ya no hallo qué decirle a las 63 personas que están esperando entrar y votar.

¿Qué? ¿Qué dicen los dos testigos de mesa? Ya va, no escucho con tantos gritos. Orden, orden, por favor, seamos serios, adultos, atendamos esta situación como debe ser. Ponernos a discutir nuestras tendencias políticas frente a una máquina que no funciona y una elección que debe iniciar cuanto antes es absurdo.      

Eso no es lo que decía usted antes de entrar al colegio esta madrugada, señora presidenta, vocifera el testigo número 1 tan fuerte como su garganta se lo permite; a lo que el testigo número 2 cuestiona sin mayores argumentos.

Yo misma la escuché cuando decía que en su mesa ganaría el comandante, antes muerta que bañada en sangre, y que haría todo lo que estuviera en sus manos para sacarlo del juego. Díganme ustedes si esto no es una falta total de compromiso con el pueblo. Personas como usted, señora presidenta, son piedra de tranca para nuestra democracia.

Yo no estoy para discutir estas cosas ni con usted ni con nadie. Por favor, guarde la compostura o me veré obligada a buscar un sustituto. Y con permiso, tengo que hacerme cargo de mis obligaciones.

Cada loco con su tema, piensa el técnico mientras reprograma la máquina y trata de dar con la falla; y es la chica de gomas moradas, quien aprovechó el debate entre los dos testigos y la presidenta para entrar al salón y cerciorarse de que estuvieran solucionando el inconveniente con el computador, la que le adivina el pensamiento. Cómo va eso, le dijo, ojalá que esté listo rápido porque me urge salir de aquí.

El muchacho levantó la mirada y la saludó con cariño, gesto que ella le correspondió, pues desde hacía 20 o 15 minutos se había dado cuenta de que era su compañero de facultad.
Allá afuera ya está llegando la gente, las colas se están perdiendo al doblar la esquina y los vendedores de guarapos calman la sed a los votantes.

II
Hay dos cuerdas verdes en los dos extremos del colegio, al inicio y al final, y cada uno tiene dos militares. A 100 metros, frente a una casa de cerca de ciclón plateada, está una señora con un calentador lleno de empanadas y una cava de anime con hielo y refrescos. Una muchacha se acerca y saca dos piezas para dárselas a dos niñas que esperan ansiosas darles una mordida. Ella está embarazada y es mamá de una de las pequeñas, lo sé porque la acaba de llamar mamá.

Esta chica espera en el portón a otra mujer que también está encinta. Las dos caminan, risueñas, rumbo al colegio para ver si ya por fin pueden “mojarse el chiquito”. La primera embarazada contesta una llamada e inicia la siguiente conversación:

-         Hola, Isabella, ¿cómo están las cosas ahí adentro?
-         Yule, imagínate que no ha votado la primera persona. La máquina se dañó y aún la están componiendo. ¿Quiénes vienen?  
-         Ira y yo. Lo demás están en la casa, dicen que vienen más tarde.
-         Bueno, que no se apuren; esto va pa´largo.

La llamada la interrumpe el grito del vecino, quien a todo pulmón pide la otra cerveza a la señora que vende licor a pesar de que hace tres días el Gobierno declaró el inicio de la Ley Seca. Él no está solo, en el porche de la casa están sentados dos grupos de gentes más, todos con una botella con líquido amarillo y oscuro en la mano.

Las dos chicas siguen su camino, no sin antes conversar de lo tedioso de las elecciones con la señora que vive frente al colegio y sin despachar a Sofía y a Crisley, las niñas de las empanadas, que se habían ido detrás de ellas sin que se dieran cuenta. Uno de los funcionarios le permitió la entrada a Yule y a Ira por estar barrigonas.

Caminan por el medio de la cancha y llegan a la mesa número 1. A pesar de estar abarrotada, no quedan de últimas porque acordaron un buen lugar con la chica de los zapatos y paraguas morados cuando las telefoneó, con Isabella, y bueno, por las barrigas.

Ella está adentro, aún conversa con el técnico que no logra dar con la falla de la máquina de votación. Lo que pasa es que se le dañó el lector electrónico y debemos esperar a que traigan una pieza, le dice el chico a la presidente de mesa que se impacienta al ver a los votantes discutir entre ellos y amenazado con llamar a los números de denuncia que el periódico local puso a disposición de los electores por si se presentaban inconvenientes como este.

Y es así como el viejito de no menos de 60 años saca su celular y marca el 800-DENUNCIA. Mientras, los dos testigos de mesa emprenden otra disputa para ver cuál candidato merece dirigir al país. Esta vez alzan más la voz, y se sacan los trapitos al sol, los defectos de ambos candidatos, con un talento tal, que confunden a los electores que tienen cerca de tres horas y media esperando. Son las 10.30 de la mañana.

Que siempre es lo mismo, que ya están hartos de estar ahí, parados, sin hacer nada, que ya se va cada quien para su casa, se queja el tercero de la fila, un hombre más o menos cuarentón que madrugó para ir a votar temprano e ir a trabajar luego. Y a la espera se le agrega la inútil discusión de los dos testigos de mesa 1 y 2, que en vez de ayudar, lo que hacen es desayudar.   

La pieza está en camino, anuncia fuerte y con alegría, la joven de paraguas morados. Ya era hora, declara una pareja que ya había dado media vuelta para irse, a eso se unió el resto de los electores; y eso debería decirlo la presidente de mesa, a quien no veo desde hace un par de minutos.     


Isabella va directo hasta donde está Iraiber y Yule. Las convence de ir hasta el cuarto puesto, donde está ella. Vengan, caminen, que de seguro ustedes entran primero por las barrigas. Fernando, mi compañero de estudios, ya va a poner a funcionar ese aparato. Estima que a las 11.00 entre el primer votante. 

III
Permiso, permiso, por favor, indica la presidente de mesa. Llega apurada porque detrás viene un hombre con la pieza. Tiene los ojos llorosos, rojos, pero no hay tiempo de explicar por qué, pues hay un proceso electoral que comenzar. Así fue, le entregaron las herramientas a Fernando, y a las 10.53 de la mañana el primer miembro de la mesa electoral 1 eligió a uno de los dos candidatos de su preferencia.

La presidenta de mesa le dio su cédula de identidad al miembro A, este la buscó en el cuaderno electoral y le ofreció un bolígrafo azul para que firmara justo al lado de la casilla que decía Anais Percenfield. Mojó el pulgar con tinta indeleble y lo plasmó en el tercer recuadro. A continuación se situó detrás del parabán que tapa la máquina y presionó un nombre. Esperó la papeleta, verificó, dobló y depositó en la ranura superior de caja de cartón que está en el medio del salón. Dio un par de pasos y el miembro B la esperó en la puerta de salida para “mojarle el chiquito". Durante el proceso no precisó ayuda de los de los testigos.      


Pase, pase, adelante, dijo Anais, luego de su turno. Pasa el viejito de no menos de 60 años (aquel que se quejó por segunda vez y que llegó de segundo), y sucedió de esa manera porque Isabella, y las dos primas embarazadas, lo permitieron. El señor ejerció su derecho tranquilo, rápido, aunque un poco malhumorado por tanta espera.

Relajadas y sonrientes votaron las tres protagonistas de esta historia. Salieron por el portón delantero (luego de que se encontraran con un amigo militar) y compartieron el resto del día en familia, mientras esperaban los resultados.

Ah, sí, los resultados. La Comisión Nacional Electoral se pronunció a las 2.46 de la mañana. Esta vez hablarán rápido, pensó en voz alta Iraiber; en procesos anteriores los cálculos finales estuvieron listos a la mañana siguiente.

Hay más gente afuera que adentro. En una esquina, como si fuera un ring de boxeo, un toldo azul evita que la lluvia moje a los opositores del gobierno de turno, esos que están de acuerdo con nada y que hacen poco por cambiar algo. En la otra, decenas de paraguas rojos hacen lo propio con los simpatizantes del actual Presidente, al que le gusta ganar siempre.

La lluvia arrecia, y las caravanas no paran: colas de carros echando cornetas, muñecos alusivos a los candidatos, personas sin camisas, ondeando banderas, gritando consignas, defendiendo lo que creen correcto. Nadie está equivocado; son gente comprometida con lo que piensan.

2.52 am. Por el pasillo que lleva a la sala de totalizaciones caminan seis personas muy bien vestidos, no por eso se les nota el agotamiento de una larga jornada. El director de la comisión, ya con los numeritos parciales en la mano, da una noticia que cambiará el rumbo del país. Las manos le sudan, mojan las hojas. Toma agua, pero no por la sed, sino para matar la resequedad de una garganta con más de 24 horas despierta. La voz se le entrecorta, y así habla. Esa voz, a duras penas uniforme, anuncia a un país despabilado:

- "No hay ganador".
VOS MAGAZINE | @vosmagazine | Con info de la periodista Isabel Cristina Morán



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